El tablero incierto de las Presidenciales: La respuesta que la calle exige en silencio

Escrito por Redacción

 

Por: Javier de Jesús Rodríguez E.

Si uno se detiene a escuchar con honestidad lo que se respira en los barrios, en los campos y en las conversaciones del día a día, el mensaje es un grito sordo pero contundente. La gente está hastiada del político de manual. Hay un cansancio profundo frente a los discursos de molde, la burocracia que arrastra los pies y esa lejanía casi insultante entre las oficinas climatizadas y la crudeza de la vida real. Hoy, el ciudadano común no pide, exige: quiere velocidad, quiere que le resuelvan para ayer, y anhela una figura que patee la mesa y rompa, de una vez por todas, la modorra del Estado.

Pero cuidado, porque la desesperación es pésima consejera. En esa búsqueda instintiva por alguien que sacuda el sistema, las sociedades suelen abrirle la puerta al peligro más grande de nuestro tiempo: el resentido social. Hablamos de esos perfiles oscuros que cabalgan sobre el rencor colectivo, cuya única oferta es el morbo de la destrucción. Entregarle el timón del país a un outsider movido por la sed de revancha es jugar a la ruleta rusa con la paz nacional; es tirar los dados al aire cruzando los dedos para que nos toque la firmeza de un Nayib Bukele o la audacia de un Javier Milei, sabiendo que nos arriesgamos a despertar en la pesadilla destructiva de un Hugo Chávez o un Fidel Castro. Jugar al aprendiz de brujo con la estabilidad de la República no es una opción.

Y si saltar al vacío asusta, mirar por el retrovisor produce rechazo. El dominicano tiene muy buena memoria y recuerda perfectamente lo abismal que fue la época de las viejas hegemonías. Aquellos años en los que el Estado se administraba como una finca privada y el patrimonio público era el botín de un grupo, dejaron cicatrices de ineficiencia y desconexión que nadie quiere volver a abrir. El pasado corrupto ya fue juzgado en las urnas; ese es un capítulo cerrado que la sociedad se niega a reciclar.

Ahora bien, cuando quitamos de la mesa a los aventureros del resentimiento y a los fantasmas del pasado, y analizamos el panorama político actual, la realidad nos obliga a ser igual de exigentes. En el espectro coexisten figuras amables, nombres sonoros y gerentes que han administrado con relativa eficiencia. Pero hay que decir las cosas como son: existe una galaxia de distancia entre ser un «político de invernadero» —de esos que heredan plataformas hechas y hacen carrera bajo el confort del aire acondicionado— y tener el temple para gobernar un país.

El liderazgo nacional no se transfiere por ósmosis, no se hereda en un testamento político ni se fabrica en un estudio de encuestas. Gobernar requiere haber tragado polvo, haberse ensuciado los zapatos en los callejones y entender el estómago del ciudadano de a pie porque se ha caminado junto a él, sin intermediarios. Es justo en este punto de descarte donde el análisis se vuelve interesante. Cuando la sociedad busca la energía indomable de un outsider, pero necesita desesperadamente la estabilidad de un gerente que respete las leyes, el abanico de opciones se reduce drásticamente. Y ahí emerge un perfil atípico, un fenómeno que bien podríamos bautizar como el «outsider interno» e institucional: el caso de Wellington Arnaud.

Lo de Arnaud rompe el molde porque junta dos mundos que parecían divorciados. Por un lado, tiene esa hiperactividad obsesiva por los resultados y la fobia a la burocracia que la gente le aplaude a los disruptores; por el otro, encauza toda esa energía con un respeto absoluto por el orden democrático. Y hay un detalle en su historia que define su carácter. Él no es un improvisado sin raíces; proviene de un linaje democrático de peso pesado. Su padre, Juan Winston Arnaud Guzmán, se la jugó en la resistencia antitrujillista, tomó las armas en la gesta del 63, sufrió los rigores del exilio y fue una pieza clave, el cerebro logístico y el acompañante fiel de aquellos históricos mítines de José Francisco Peña Gómez. Con esa herencia, Wellington tenía el camino fácil: pudo haberse sentado a cobrar los dividendos de su apellido y esperar que le regalaran un puesto de lujo.

Pero hizo exactamente lo contrario. Decidió forjar su propia ruta desde el subsuelo. Se fue al ciudadano de a pie, a las bases, presidió la Juventud Revolucionaria Dominicana, escaló a la vicepresidencia mundial de la IUSY, se fajó para ganar dos diputaciones con sus propios votos y se tiró a caminar el país. Bajó directo a donde el político de salón no llega. Camina comunidades olvidadas que los políticos solo visitan en campaña, como Paraíso, Polo, Guayabal, Las Yayas, Enriquillo, Postrer Río o Juan Santiago. Ese sudor en las calles es lo que explica que hoy no dependa de campañas de aire, sino que tenga detrás una maquinaria orgánica brutal: el respaldo de más de 114 alcaldes y 36 diputados a nivel nacional, apuntalado por legisladores que arrastran masas reales. Eso no se hereda; eso se construye.

Cuando le tocó demostrar si ese empuje político servía para gobernar, los números hablaron solos. Agarró una institución tradicionalmente lenta y la convirtió en una máquina de ejecución: más de 3,000 kilómetros de tuberías de agua potable instaladas (a un ritmo frenético de más de un kilómetro y medio diario), el rescate histórico del Arroyo Gurabo en Santiago y el acueducto de Miches. Demostró en la práctica que se puede tener la prisa de un gerente implacable sin cruzar la línea de la legalidad. Y es que, cuando hablamos de la velocidad que exige la gente, no se trata solamente de rapidez pura; es la eficiencia y la transparencia, es actuar estrictamente a favor del pueblo. Eso es lo que verdaderamente quiere y exige la ciudadanía, y Arnaud ha demostrado en los hechos que reúne cada uno de estos requisitos.

Al mirar hacia el horizonte, los retos que se le vienen encima a la República Dominicana no van a tolerar ni discursos vacíos ni políticos de ensayo. Con un mundo geopolíticamente convulso, los desafíos del desarrollo sostenible, el cambio climático y las metas de la Agenda 2030 nos advierten que temas como la gestión del agua y la preservación ambiental ya no son promesas de campaña, son asuntos de vida o muerte; temas de estricta seguridad nacional.

Para enfrentar ese futuro, el país no necesitará teóricos de oficina, sino gerentes probados que sepan hacer que el Estado funcione a la velocidad que exige la gente.

Al final del día, cuando el ciudadano se sienta a reflexionar en frío, sabe exactamente lo que no quiere. No quiere regresar a la oscuridad de la corrupción pasada. No quiere poner su futuro en manos de herederos de oficina que no conocen el sudor de la calle. Y, sobre todo, le aterra la idea de entregarle el país a un mesías resentido. Si pasamos el filtro de la historia y nos preguntamos quién reúne hoy la garra ejecutiva de un outsider, el arraigo de quien ha forjado su propio camino en las bases y la capacidad gerencial para enfrentar los retos sostenibles del mañana, la respuesta deja de ser un dilema. Las condiciones están sobre la mesa, y el perfil que encaja en ellas habla por sí solo.

¡Que Viva la Libertad!

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