La República del Caos: Crónica de un pueblo que pide a gritos sus propias cadenas

Escrito por Redacción

 

Por: Javier de Jesús Rodríguez.

El dictador no empieza cuando aparece el tirano. Empieza mucho antes. Empieza el día en que un pueblo se cansa de la verdad, se enamora del allante y el bulto, y machaca al que se atreve a pensar diferente. Nos hacen tragar una mentira mil veces hasta que suena a lógica, y al final, agotados por el caos que nosotros mismos aplaudimos, dejamos de pedir libertad. Pedimos orden. Pedimos control. Pedimos un amo. Y mis queridos compatriotas, el terreno para ese amo lo estamos pavimentando nosotros mismos en esta media isla.

Nos han vendido el «maco por cacata» de un Estado gigante, obeso y chupasangre, que nos cobra impuestos hasta por sudar, supuestamente para darnos seguridad e institucionalidad. Pero salimos a la calle y lo que nos topamos de frente es la anarquía.

¿Quieren ver el caos que precede al tirano? Miren para Santiago. Un chofer de un camión de basura tiene un roce de tránsito y termina apuñalado por una turba de motoristas. Pero el chiste macabro, el detalle que te dice que aquí no hay Estado, es que lo mataron dentro del parqueo del Palacio de Justicia. ¡En el templo de la ley! Si el supuesto monopolio de la fuerza no puede garantizarle la vida a un ciudadano que busca refugio en las barbas de la autoridad, estamos solos en la selva. El tigueraje nos respira en la nuca porque la autoridad negocia en vez de neutralizar. Aquí hace falta una mano de hierro que entienda que al criminal no se le da un abrazo, se le aplica la ley sin vaselina.

Y mientras la calle es de los tigueres, los despachos son de la casta. La justicia dominicana tiene un imán: es un león con el de a pie, pero de plastilina con los de arriba. Hablemos de la «Hora 0», la tragedia del Jet Set. Doscientos treinta y seis dominicanos muertos por pura avaricia, por no darle mantenimiento a un techo para ahorrarse unos centavos. Un acto de terrorismo pacífico. ¿Y qué hace el sistema? A los dueños les pone una fianza de burla, los manda a dormir con aire acondicionado y deja que los cheques de compensación callen las querellas. En un verdadero sistema de libertad y estado de derecho, tu negligencia la pagas con tu patrimonio y tu libertad, sin rescates estatales ni amiguismos.

Pero, ¿por qué pasa el Jet Set? ¿Por qué tuvimos que esperar a que Somos Pueblo denunciara una valla podrida en la Autopista 30 de Mayo para que fueran corriendo a quitarla? ¿Por qué siguen ahí, como monumentos al peligro, las vallas oxidadas de los Espaillat?

La respuesta nos la dio Platón hace miles de años, y hoy nos duele más que nunca: El primer acto de corrupción de un funcionario es aceptar un cargo para el cual no está preparado. Esa es la raíz de nuestro cáncer. Creemos que la corrupción es solo robarse el erario, pero la ineptitud en posiciones de poder es tan dañina, o peor, que un soborno. Llenar los departamentos de planeamiento urbano y las alcaldías de «botellas» y compañeritos del partido que no saben distinguir un plano estructural de un menú de fonda, es un crimen. Esa ineptitud nos cuesta vidas. Nos costó 236 almas en un club, nos costó un chofer en Santiago, y nos costará la próxima tragedia si no pasamos la motosierra por las instituciones.

Ya está bueno de financiar a nuestros propios verdugos. Dejemos de ser los tontos útiles de una burocracia inútil. No necesitamos un amo que nos quite nuestras libertades con la excusa de darnos seguridad; necesitamos desmantelar la casta, exigir responsabilidad absoluta y entender que, o el Estado sirve para proteger la vida y la propiedad, o lo reducimos a cenizas y empezamos de nuevo.

¡Despierten!

¡Que Viva la Libertad!

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