El Péndulo Democrático y la Política de Inteligencias: De la «Chercha» al Riesgo de Ruptura

Escrito por Redacción

Por: Javier de Jesús Rodríguez.

Seamos claros y vayamos a los datos, que no mienten. Los números que nos dejó el escrutinio de las presidenciales de 2024 no son un simple mareo estadístico. Que casi la mitad del padrón (un 45.63%) decidiera quedarse en su casa, y que hoy los sondeos proyecten que más del 50% de la gente no siente simpatía por ninguna bandera tradicional, es un mensaje contundente. El dominicano está «jarto» de que le vendan sueños y espejismos. Hay una fatiga real, un cansancio estructural de ver cómo las maquinarias de siempre se reparten el pastel mientras el ciudadano que produce sigue asfixiado por la misma ineficiencia burocrática de toda la vida.

Hay una reflexión fundamental que parece haberse perdido en nuestros círculos de poder, y es vital rescatarla: la política es dialéctica; no es un juego. En los últimos tiempos parecería que el ejercicio público se ha degradado a un vulgar «dame lo mío» y a una chercha constante. Pero nos equivocamos. La política es una actividad seria, un terreno que exige el choque de inteligencias. No es, ni puede ser, una actividad ligera o light. Por su propia naturaleza, la gobernanza es profunda y filosófica, y cuando los partidos la tratan como un relajo transaccional, el sistema completo empieza a resquebrajarse.

Analizado desde una óptica geoestratégica, cuando el liderazgo olvida esa profundidad y monopoliza el debate solo para retener el poder, el contrato social colapsa. El ciudadano de a pie se da cuenta de que el Estado, en lugar de ser un facilitador del libre mercado y del progreso individual, se convierte en un obstáculo. Ante esta desconexión, el votante asume dos posturas: o la abstención total por apatía, o la decisión radical de mandar todo al carajo y patear el tablero de las normas establecidas para buscar alternativas fuera del sistema.

Ahí es exactamente donde se cocina y triunfa el fenómeno del outsider, pero ojo con esto, porque la geopolítica nos exige auditar los resultados: no todos los outsiders son iguales ni traen la misma receta. Históricamente, hemos visto cómo los outsiders de izquierda que irrumpen con un discurso antisistema —como Fidel Castro o Hugo Chávez— terminan secuestrando las instituciones, asfixiando la libertad individual y quebrando por completo a sus estados. Por otro lado, la tendencia mundial reciente nos muestra que los outsiders de derecha sí han logrado ejecutar verdaderos cambios estructurales. Figuras como Donald Trump movilizando a su base frente al establishment, Nayib Bukele barriendo el bipartidismo para pacificar a El Salvador, o Javier Milei en Argentina pasándole el rolo a la «casta» para achicar el Estado, demuestran que canalizar el hartazgo hacia el orden, la seguridad y el libre mercado sí da resultados tangibles.

Pero cuidado, que la disrupción por sí sola no garantiza la estabilidad eterna, y la experiencia internacional nos enseña que estos liderazgos enfrentan un reto monumental. El outsider llega al Palacio y choca de frente con la rigidez de las instituciones. Ante la falta de un dominio diplomático y estratégico real para lograr consensos, la fricción puede derivar en un péndulo crónico, donde la frustración ciudadana devuelve eventualmente el poder a los mismos actores tradicionales reciclados. Es un círculo vicioso que desgasta la República.

Para salir de este bucle, el escenario actual nos exige un doble compromiso. Por un lado, esos posibles outsiders que vienen subiendo deben prepararse bien, tanto estratégica como intelectualmente. Si van a asumir el control del Estado, que lo hagan con verdadera determinación, con mano dura para poner orden en la casa y, sobre todo, sin olvidar jamás a quién le deben el puesto: al pueblo llano que confió en ellos. Pero, por el otro lado, a los partidos políticos tradicionales les toca dejarse de politiquería y realizar una reingeniería profunda de sus estructuras. Tienen que reducir la intervención estatal, fomentar la seguridad jurídica y ejecutar políticas públicas que sean auditables, dejando atrás el populismo barato y asumiendo la política con la inteligencia que verdaderamente demanda.

De cara a los compromisos electorales del 2028, los dados están tirados. Regalémosle al pueblo dominicano lo que gobierno tras gobierno ha deseado y casi nunca recibe: una contienda electoral real, un debate de ideas tangibles y de altura, con el único objetivo de devolverle el poder a su verdadero y único dueño, el ciudadano. Ojo con esto: hablemos de promesas que sí se puedan cumplir, de planes viables respaldados por datos fríos. Nuestro país lo tiene todo para consolidarse en el juego geopolítico mundial, pero la estabilidad de nuestra próxima década dependerá de que entendamos, de una vez por todas, que la política no es un juego, sino el compromiso innegociable de garantizar la libertad y el progreso de nuestra República Dominicana.

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