
A medida que la Tierra se calienta debido a la quema de combustibles fósiles, las condiciones climáticas a las que se han adaptado las especies difieren cada vez más de las de sus áreas de distribución históricas. Pero mientras las aves y otros animales tienen la capacidad de volar, caminar o nadar para buscar su entorno preferido, las plantas están literalmente arraigadas al suelo. Necesitan fuerzas externas que les ayuden a colonizar nuevas zonas: la mitad de las especies vegetales dependen de los animales para depositar sus semillas en otros lugares, por ejemplo, comiendo frutos y defecando después las semillas contenidas en ellos. Pero la deforestación, la caza furtiva y otras presiones humanas están provocando la disminución de la población de algunas especies cruciales de mamíferos y aves frugívoros, que esparcen sus semillas. Según un estudio publicado esta semana en Science, estas pérdidas están repercutiendo en las plantas, que ya han reducido en un 60 por ciento su capacidad de adaptarse al rápido cambio climático.
«Es un estudio fascinante», comenta Alexa Fredston, ecóloga cuantitativa de la Universidad de Rutgers, que no participó en la nueva investigación. Añade que es sorprendente «hasta qué punto las plantas ya han perdido la capacidad de adaptarse al cambio climático». Ello también refuerza lo estrechamente relacionada que está la pérdida de biodiversidad con la crisis climática a la que se enfrenta hoy el planeta.
«Cuando perdemos biodiversidad, intentamos entender lo que ello significa para los ecosistemas donde han desaparecido esas especies», apunta Evan Fricke, ecólogo de la Universidad de Rice y coautor del nuevo estudio.
Durante décadas, los expertos han investigado qué aves y otros animales se alimentan de frutos y de semillas, hasta dónde se transportan estas y si germinan allí donde se depositan. Es lo que los ecólogos denominan interacciones mutualistas. Gracias a ellas, «el animal obtiene alimento de los frutos y la planta consigue desplazarse», apunta Fricke. Explica que ha dedicado horas sentado en una hamaca, con los ojos fijos en un pedazo de fruta, para observar qué pájaros locales se detenían para comérselo.
Fuente: Investigación y Ciencia.