El Canto del Gallo y la Llaga Abierta: Una Revolución de Conciencia

Escrito por Redacción

 

Por: Javier de Jesús Rodríguez

El olor a incienso y el vaivén de las palmas tejidas marcaron ayer el inicio de la Semana Mayor. Sin embargo, detrás de la devoción de la eucaristía de Domingo de Ramos, se esconde la ironía más grande y dolorosa de nuestra historia: esa misma multitud que el domingo tendía mantos y gritaba «¡Hosanna!» al paso del Maestro, fue la misma masa manipulada que, apenas unos días después, terminó exigiendo a gritos que liberaran a Barrabás y crucificaran al justo.

Ayer, Domingo de Ramos, mientras el reverendo padre Puertas pronunciaba una homilía magistral, mi mirada se clavó en uno de los bancos. Allí, dándose golpes de pecho y alzando su palma bendita, estaba uno de nuestros legisladores. Qué escena tan dantesca. Celebran en la iglesia al mismo pueblo que traicionan en el Congreso.

El padre Puertas nos lanzó un desafío que es, en esencia, un llamado a la revolución ciudadana: nos pidió ser el canto del gallo y tener la valentía de poner el dedo en la llaga. Para el ciudadano de a pie, esto tiene un significado político y social profundo.
Recordemos la historia: cuando el apóstol Pedro, por miedo y cobardía, negó conocer a Jesús tres veces, fue el canto de un gallo lo que lo sacudió. Ese sonido estridente fue la alarma que lo despertó de su propia traición y le hizo reaccionar. Por otro lado, cuando el apóstol Tomás dudó de que la resurrección fuera real, tuvo que meter el dedo en la herida sangrante de Cristo para convencerse de la verdad.

El padre Puertas fue contundente al recordarnos el valor del despertar a través de una figura que a menudo pasa desapercibida:

​»…hoy el Señor nos invita a que seamos ese canto de gallo para muchas vidas que podamos poner el dedo en la llaga, que podamos cantar como el gallo cuando todos callan, cuando todos se confabulan en un silencio que lleva al mal.»

Lo que nos dice es que, como dominicanos, no podemos seguir dormidos. Tenemos que ser ese gallo que grite de madrugada para despertar la conciencia de una sociedad cómplice y de unos políticos cobardes. Y tenemos que atrevernos a meter el dedo en la llaga; no por el morbo de hacer daño, sino porque es la única forma de exponer la podredumbre que nos ocultan. Si no tocamos la herida de nuestros problemas, nunca la vamos a sanar.

Y vaya si nuestra República Dominicana tiene llagas supurando.

Ese mismo diputado que ayer se daba golpes de pecho es la representación viva de la traición. Él fue parte de esa mayoría mecánica que, con el más asqueante tigueraje legislativo, levantó la mano para asesinar las candidaturas independientes. Con ese voto, violaron de manera flagrante un mandato del Tribunal Constitucional y le secuestraron al ciudadano el derecho a elegir y ser elegido libremente. El padre Puertas nos recordó a Judas, quien vendió al justo por treinta monedas de plata, preguntándonos: «¿Por cuánto lo vendemos todos los días?». Esos legisladores vendieron nuestra democracia para proteger el monopolio de sus cúpulas. Ese es nuestro Barrabás moderno: la partidocracia que le tiene terror a los liderazgos libres.

Otra llaga en la que hay que meter el dedo hasta el fondo es nuestro sistema de salud. Es un acto criminal el maipioleo administrativo que juega con la vida de nuestra gente. Los escándalos, los ruidos oscuros en SeNaSa y el abandono indolente de los hospitales públicos son la prueba de un sistema mercantilista. Han convertido el dolor humano en un negocio. El dominicano de a pie muere en una sala de espera mientras en aposentos con aire acondicionado se negocian sus derechos. Guardar silencio ante esto es ser cómplice del mal.

Escribo estas líneas desde el amor más entrañable a mi país, pero con la sangre hirviendo de indignación. El dominicano es un pueblo noble y fajador que no merece ser tratado como un rebaño ciego. ¿Cuántas veces nosotros mismos, por clientelismo, por fanatismo o por ganarnos un favor, terminamos en las urnas gritando «¡crucifícalo!» contra nuestro propio futuro?

Esta Semana Santa exige una metanoia, un cambio radical de pensamiento. Hagamos una revolución de conciencia. Seamos el grito del gallo que aturda a los corruptos. Metamos el dedo en la llaga para exigir la patria que merecemos.

Me quedo con la magistral y humilde advertencia con la que el padre Puertas cerró su reflexión, una lección perfecta para esos políticos mareados por el poder y los aplausos:

​»…recuerden somos fáciles de endiosarnos… hablar bonito sube el ego, tener dinero sube el ego, ser famoso sube el ego… así que cuando ustedes oigan que te tiran ramas, que te aplauden, que te dicen Hosanna y bendito el que viene en el nombre del Señor, se lo están tirando a Jesucristo; tú eres el burro.»

Despertemos. Ya es hora.

¡Que Viva la Libertad!

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