El Grito de la Realidad: Cuando el Progreso se Queda en el Discurso

Escrito por Redacción

 

Por: Javier de Jesús Rodríguez.

Hay silencios que gritan más que cualquier consigna, y hoy, en cada esquina de nuestra República Dominicana, ese silencio se siente pesado. Es el silencio de la madre que mira el recibo de la luz y luego mira la nevera vacía; es el silencio del trabajador que ve cómo le descuentan cada mes para una seguridad social que, cuando realmente la necesita, le devuelve un «no hay cobertura». Escribo estas líneas no como un analista que mira gráficas en una oficina con aire acondicionado, sino como alguien que siente el calor del asfalto y el peso de la incertidumbre que recorre nuestros barrios.

El panorama que enfrentamos este febrero de 2026 es paradójico y, para muchos, profundamente doloroso. Nos bombardean con cifras de crecimiento del PIB y proyecciones de inversión extranjera que nos pintan como el «milagro del Caribe».

Pero yo pregunto: ¿De qué sirve un milagro que no se puede comer? ¿De qué sirve ser la envidia de la región si la «bandera dominicana» —nuestro arroz, habichuela y carne— se ha convertido en un artículo de lujo para la clase trabajadora? La macroeconomía puede estar en los cielos, pero la microeconomía de la familia dominicana está en cuidados intensivos.

El golpe más bajo, sin embargo, ha venido desde donde menos debería doler: nuestra salud. El escándalo que hoy sacude a SeNaSa no es un simple bache administrativo; es una traición al corazón del contrato social. Hablamos de miles de millones de pesos bajo la sombra de la duda, fondos que deberían ser el escudo de los más vulnerables frente a enfermedades catastróficas. Que se juegue con el dinero de la salud es, en esencia, jugar con la vida misma. Mientras un burócrata firma una orden irregular, hay un dominicano en un hospital público esperando una diálisis que no llega o una cirugía que se pospone por «falta de insumos». Eso no es política, eso es falta de humanidad.

A este panorama de indignación se suma el regreso de un fantasma que creíamos haber espantado: los apagones financieros. El fallo masivo de hace unos días no fue solo un problema técnico; fue la chispa que encendió el descontento de una clase media que ya no aguanta más impuestos para recibir servicios de tercera. Estamos pagando la luz más cara para vivir a oscuras, y esa oscuridad es el caldo de cultivo perfecto para la inseguridad que nos tiene encerrados en nuestras propias casas antes de que caiga el sol.

¿Qué es lo que realmente necesita nuestro pueblo hoy? No es retórica, ni promesas para el 2028, ni más «Semanalmente» que solo maquillan la realidad. Lo que impera es una sacudida de dignidad institucional.

Necesitamos que la justicia deje de ser un brazo político y se convierta en una mano firme que recupere cada peso robado en SeNaSa y lo devuelva en medicinas.

Necesitamos que el crecimiento económico deje de ser un número en un informe del Banco Central y se convierta en una rebaja real en el precio de los alimentos.

Vengo de la cultura del esfuerzo, de la que cree que si trabajas duro, te va bien. Pero hoy, ese sueño se está rompiendo. El dominicano siente que está cumpliendo su parte, pero que el Estado le está fallando. La política tiene que volver a oler a pueblo, a entender que detrás de cada estadística hay una persona con miedo, con hambre y con esperanzas que se están agotando.

Es hora de una política con alma. Una que no se esconda detrás de tecnicismos para justificar la ineficiencia. Mi compromiso, y el de cada ciudadano consciente, debe ser rescatar la decencia pública. Porque un país no se mide por la altura de sus torres en la capital, sino por la dignidad con la que vive su gente en el rincón más humilde.

La República Dominicana es demasiado grande para que la gobiernen con tanta pequeñez. Ya basta de excusas. Es momento de que el bienestar sea, finalmente, para todos y no para el comité de turno.

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