
Por: Javier de Jesús Rodríguez.
En el calendario litúrgico y teológico, el Miércoles Santo marca el «Día del Espía», el momento exacto en que Judas Iscariote se sienta con el Sanedrín y, de manera calculada y fría, negocia la entrega de Jesús por treinta monedas de plata. No fue un accidente ni un error producto del pánico; fue un acto premeditado. En una ironía que solo la política dominicana puede regalarnos, nuestra clase dirigente acaba de protagonizar su propio Miércoles Santo, este 01 de abril de 2026, entregando los derechos constitucionales de los ciudadanos por el monopolio absoluto del poder electoral.
La reciente promulgación de la Ley núm. 13-26 por parte del Poder Ejecutivo, la cual fulmina de tajo la figura de las candidaturas independientes, no es otra cosa que un «palo acechao» a la democracia. Es un acto de «tigueraje» legislativo que busca blindar a la partidocracia y cerrarle la puerta en la cara a cualquier liderazgo ciudadano que no quiera arrodillarse ante las cúpulas tradicionales.
Para que quede un registro auditable y basado en hechos, vamos a los datos fríos. Hace apenas unos meses, el Tribunal Constitucional (TC), mediante la histórica sentencia TC/0788/24 (el caso logrado por el jurista Alberto Fiallo), estableció un precedente vinculante. El TC dictaminó que exigirle a un ciudadano conformar una estructura idéntica a la de un partido para poder aspirar de forma independiente no superaba el test de razonabilidad. El mandato supremo al Congreso fue claro: regulen la figura para garantizar el derecho a la participación.
¿Cuál fue la respuesta de nuestros legisladores? En un claro desacato al orden constitucional, decidieron que si la justicia les ordenaba abrir la puerta, ellos prefirieron demoler la casa. Eliminaron la figura por completo. Nos quieren coger de mojiganga, pretendiendo que el artículo 184 de la Constitución —que hace irrevocables las decisiones del TC— es una simple sugerencia.
Como estudioso de la diplomacia y de los derechos humanos, me veo en la obligación de recordar de dónde venimos. El concepto de que un ciudadano necesita un «sello de goma» partidista para representar a sus vecinos es un invento moderno diseñado para controlar presupuestos y voluntades. En la Atenas del siglo V a.C., la representación era individual; las magistraturas se decidían por sorteo o voto directo al ciudadano, no a una facción. El mismísimo George Washington, el único presidente estadounidense elegido como independiente, nos advirtió en su discurso de despedida de 1796 sobre el «fuego consumista» de los partidos políticos. Hoy, ese fuego amenaza con quemar las pocas vías de escape que le quedan a nuestro sistema.
Los que estuvimos ahí, tragando bombas lacrimógenas en la Plaza de la Bandera en aquel histórico 2020, no lo hicimos para cambiar un monopolio por otro. Salimos a defender la institucionalidad frente a los intentos de perpetuación autoritaria.
Asumimos con convicción la bandera de un proyecto político porque sus siglas rezan ser un partido «Revolucionario» y «Moderno». La verdadera revolución de nuestros tiempos es empoderar al individuo frente al Estado, y la modernidad exige abrir los espacios de participación, no cerrarlos con un candado legislativo.
Defender la vida, la libertad y la propiedad privada implica, innegociablemente, defender el derecho a elegir y ser elegido sin tener que pedirle permiso a un cacique político. La libertad política es el pilar de todas las demás libertades.
Esta ley es jurídicamente insostenible y representa un choque directo de poderes. Al eliminar las candidaturas independientes, el Congreso y el Ejecutivo han forzado una inminente Acción Directa de Inconstitucionalidad. El Tribunal Constitucional tendrá que defender su propia jurisprudencia frente a este atropello.
Como ciudadano dominicano comprometido con el respeto a nuestra Carta Magna, rechazo este retroceso. La democracia no es propiedad privada de las cúpulas partidistas. Hoy, Miércoles Santo, han sellado un pacto de traición contra los derechos cívicos, pero olvidan que, en política como en la historia, después de las tinieblas siempre viene la luz de la justicia constitucional. Amanecerá y veremos.
¡Que Viva la Libertad!