
Por: Javier de Jesús Rodríguez, Internacionalista.
Ciudadano del Mundo.-
13 de diciembre de 2025 Santo Domingo, República Dominicana.-
En el caso donde la Cobra lleva veneno de SENASA se ha expuesto una corrupción que no solo se mide en los más de 30 mil millones de pesos, sino en que debió de ser destinado a tratamientos médicos para cientos de miles de ciudadanos fueron desviados, dejando a ancianos, niños y pacientes con enfermedades graves sin atención.
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No toda corrupción hace ruido.
Algunas respiran bajo, como un monitor cansado.
No explotan.
Hacen fila.
Pip… pip…
Un pecho espera.
Clic…
Una pluma decide.
Dos sonidos.
Dos mundos.
Uno pelea minutos.
Otro administra millones.
Esta no es la historia de los ceros más altos ni del escándalo más ruidoso.
Es peor.
Porque aquí el botín no fue solo dinero: fue tiempo de vida.
Arriba no hay cielo.
Hay mesa.
Larga.
Climatizada.
Con café tibio, actas impecables y lenguaje neutro.
Abajo no hay discursos.
Hay cuerpos.
Mientras abajo alguien pregunta “¿cuándo?”,
arriba el poder responde “más tarde”.
Más tarde el tratamiento.
Más tarde la quimio.
Más tarde la autorización.
Más temprano el final.
Y entonces aparecen las palabras limpias, planchadas, técnicas:
—“No hubo dolo.”
—“Fue administrativo.”
—“Se actuó conforme al catálogo.”
—“No se puede politizar la salud.”
Frases que no sangran.
Que no tosen.
Que no esperan diagnóstico.
El catálogo —esa lista cerrada que decide sin mirar—
dice qué vale una vida y cuál debe aguardar.
No es médico.
No es enfermero.
Pero manda.
El permiso, cuando llega, abre puertas.
Una autorización basta para que la ciencia haga lo que sabe.
No es milagro.
Es trámite.
Pero no todos lo reciben a tiempo.
Ahí entra el Consejo.
El de SENASA.
Ese que no es una persona, sino una mesa con votos.
Votos que pesan.
Votos que suman.
Votos que deciden si el dinero sube
o si la atención baja.
Porque nada de esto ocurre por accidente.
Hace falta arquitectura.
Hace falta coro.
Hace falta que varios levanten la mano
mientras otros bajan la mirada.
El dinero sube.
La atención baja.
No lo inventó el diablo.
Lo ejecutó la burocracia.
Millones que no olieron a hospital
porque nunca pasaron por uno.
Millones que pudieron ser quimioterapia,
insulina,
respiración asistida.
Millones que fueron otra cosa.
En todo Olimpo hay una cima.
No importa el nombre.
Importa lo que representa:
la altura desde donde todo llega
y desde donde todo se decide.
Alrededor, los dioses menores:
los que votan,
los que avalan,
los que confían,
los que después dicen
“yo no sabía”.
Nunca lo saben a tiempo.
Y luego viene el circo.
El romano.
El que calma multitudes.
—“Que rueden cabezas.”
—“Que haya castigo.”
—“Que el pueblo vea justicia.”
Aúlla la grada.
Y uno se ríe.
Se ríe con rabia.
Se ríe con ganas de llorar.
Porque mientras miramos la jaula,
la pregunta verdadera sigue colgada
como suero que no gotea:
¿Llegó el medicamento?
¿Llegó hoy?
¿O solo llegó el comunicado?
Porque si todo termina en un nombre señalado
pero en un sistema intacto,
no fue justicia.
Fue espectáculo.
Esa noche la clínica no supo nada de comunicados.
Solo supo de luces blancas,
de pasos apurados,
de una enfermera mirando el reloj
como si el reloj tuviera la culpa.
Desde una habitación cercana, alguien escuchaba.
No por curiosidad,
sino porque había aprendido
que el tiempo también se mide en respiraciones.
El cuerpo estaba frágil.
El espíritu no.
Había decisión.
Había fe en la ciencia.
Había una esperanza discreta
de que aún era posible.
Un papel abrió lo que una lista cerraba.
Una autorización silenciosa activó procedimientos
que el catálogo no contemplaba,
pero la vida exigía.
Las máquinas siguieron.
La noche no se cerró.
En otra cama, no muy lejos,
la espera era distinta.
No por falta de médicos.
No por falta de conocimiento.
Sino por una diferencia invisible
que solo aparece cuando todo tiembla.
La clínica amaneció igual.
Los pasillos olían igual.
Los protocolos seguían intactos.
Pero no todos amanecieron con la misma certeza.
Y ahí está el verdadero juicio.
No en la jaula.
No en el micrófono.
No en el nombre que se ofrezca al público.
Sino en esta pregunta que sigue abierta:
¿Puede llamarse sistema
algo donde la vida depende de un permiso?
Que caigan.
No como venganza.
No como teatro.
Que caiga el cargo.
Que caiga el privilegio.
Que caiga la costumbre de decidir arriba
lo que se sufre abajo.
Y cuando el ruido pase,
cuando el polvo se asiente,
cuando el Olimpo mire al suelo,
que quede solo lo esencial:
medicina que llegue,
tratamiento que no espere,
vida que no se archive.
Si eso no pasa,
nada cayó.
Y el país seguirá esperando
mientras otros
siguen contando.